Una de tantos

 


  El sonido agudo del despertador llenó la habitación. La mujer suspiró. Otra noche sin dormir apenas a causa de aquel desasosiego que le aprisionaba el pecho. Había empezado una semana atrás, pero no lograba comprender la causa. Todo estaba igual que siempre: seguía en su trabajo, no había problemas con los vecinos, ningún familiar ni ella misma padecían enfermedad… Esa mañana, para mayor desesperación, tenía un ligero dolor de cabeza.

  Se puso la camisa blanca y el traje gris de falda y chaqueta sin ser consciente de lo que hacía. Cogió su maletín y se colgó el bolso también de forma automática. Salió a la calle y caminó hacia el autobús. En la parada había más personas esperando. Saludó mecánicamente y recibió otro saludo en igual tono. Los coches pasaban ante ella. Miró el reloj y, después, a la esquina por donde debía aparecer el vehículo que la llevaría a su trabajo. Entonces, hizo algo que no recordaba haber hecho nunca: miró con atención a las personas que la acompañaban. Estas miraban sus relojes mientras sus pies golpeaban el suelo con impaciencia. El dolor de cabeza de la mujer aumentó mientras observaba.

  Por fin, un autobús en cuya frente se leía “Centro comercial-Casco antiguo” se aproximó a la parada. Todos los que esperaban sacaron una tarjeta y esperaron en una pulcra fila a que se abrieran las puertas. Uno a uno subieron y pasaron su tarjeta por el lector. La mujer se quedó la última, mientras se frotaba la frente con el dorso de la mano y se preguntaba si algo estaría mal en ella, después de todo. Sacudió la cabeza y subió al autobús, en el que reinaba un silencio que le resultó agobiante. Encontró un hueco junto a la ventana. Con la mano libre sujetó la barra que había sobre su cabeza.

  —Hoy hace un día estupendo —dijo para romper el silencio. Al momento se arrepintió. ¿Qué estaba haciendo? Varios pasajeros la miraron con una ceja levantada. Ella tragó saliva y se colocó de cara al exterior.

  Comprendió que, definitivamente, debía de estar enferma. Siempre había el mismo silencio en el autobús, mientras los pasajeros miraban sus dispositivos electrónicos. El suyo estaba en el bolso, desde luego. Suspiró. No deseaba cogerlo. Quizá era a causa de ese maldito dolor de cabeza que seguía aumentando en intensidad.

  A través de la ventana, vio las casas colocadas en un trazado perfecto de líneas rectas. Las personas ataviadas de forma impoluta y… Nunca se había dado cuenta antes. Todos ellos vestían de gris y blanco, como ella. Los trajes de las mujeres que veía por la ventana eran de dos piezas exactamente iguales que las de su propio traje.

  La mujer respiraba de forma irregular, como si estuviera agotada tras una carrera, y la cabeza le dolía cada vez más. Pero continuó observando lo que había alrededor. Los niños que iban a la escuela daban la mano a sus madres de la misma manera, y sus mochilas eran exactas. Los adultos miraban el reloj con gesto similar, caminaban con idénticos movimientos, levantaban la mano y sonreían de igual forma al saludar. Podía reconocer en ella misma esos movimientos, esos gestos. El maletín temblaba en su mano, le sudaba la piel. Se ahogaba. Encogió el cuerpo hasta hacerse un ovillo y empezó a boquear.

  Quería salir del autobús y, quizá, de más allá. Los que estaban a su lado le ofrecieron ayuda, tendieron sus manos derechas y la mujer vio la misma expresión de ofrecimiento en todas las caras vueltas hacia ella. Rechazó la ayuda sacudiendo la cabeza y se apartó cuanto pudo de las manos. En cuanto se abrieron las puertas, bajó del autobús. No era su parada, pero ya no quería ir a su trabajo. Se quedó quieta en mitad de la acera, mientras a su lado pasaban las personas y, sin excepción, le ofrecían el saludo cortés al que ella no respondía. Poco a poco, la respiración se calmó, aunque la sensación de ahogo y las punzadas en las sienes continuaban.

  Alguien le rozó el hombro y ella dio un brinco hacia atrás. Un escalofrío la recorrió durante unos instantes y reconoció entonces la sensación. Tenía miedo. De esas casas pulcras, del trazado perfecto de las calles, del color gris de su ropa, de los demás.

  Echó a andar, copiando los movimientos de los transeúntes. Con esfuerzo, logró reprimir el impulso de echar a correr. Allí nadie corría. Todos parecían impacientes y miraban sus relojes cada pocos minutos, pero nadie corría. Cinco calles más tarde, llegó al portal de su edificio. Una vez cerró la puerta de su casa, se apoyó en ella y trató de serenar su respiración, sin éxito. No podía quedarse ahí, alguien la encontraría tarde o temprano. Sacudió la cabeza con energía y fue a preparar su equipaje.

  Para no llamar la atención y ahorrarse preguntas del tipo ¿se va de viaje, señorita Delie?, cogió un bolso grande, de un horrible color gris, que solía usar cuando tenía muchos papeles que llevar al trabajo. Metió rápidamente algo de comida y un cambio de ropa interior, además de otro traje espantoso y todo el dinero que encontró por la casa.

  Salió del portal y se encaminó a la salida de la ciudad que tenía más cerca. Anduvo con tranquilidad, como si, simplemente, se dirigiera a sus quehaceres diarios; pero en realidad tenía unas ganas incontrolables de echar a correr. La señal que indicaba el final de la ciudad parecía tan lejana…

  Por fin, llegó hasta ella. Paralelo a la carretera, atestada a esa hora de coches y autobuses de toda la gama de grises, había un camino. Varios metros a lo lejos, giraba a la derecha y parecía internarse en un grupo de árboles alineados. La mujer miró hacia atrás, a la ciudad que tenía intención de abandonar. Pensó en la seguridad que conllevaba vivir allí. Nunca sucedían cosas imprevisibles. Nadie hacía daño a otra persona, eso había quedado muy atrás, relegado a tiempos en que los humanos eran salvajes. Se giró hacia el camino que se extendía ante ella: tan irregular, tan amenazador. Y, a pesar de todo ello, tan atractivo. Dio un paso vacilante tras otro y pronto se encontró entre los árboles. Cuando la ciudad desapareció de su vista, le resultó más fácil seguir adelante. En su rostro había un gesto decidido.

  Los árboles en pulcras filas pasaron pronto a ser un bosque en organizado desorden. Las flores surgían de entre la hierba mezclando sus colores sin ninguna pauta concreta. Dos mariposas revoloteaban alrededor, trazando círculos muy juntas. El piar de los pájaros le pareció mucho más hermoso que la música que escuchaba a través de los auriculares cada mañana al ir al trabajo.

  Mientras caminaba, observaba a su alrededor con la curiosidad de una niña que empieza a descubrir el mundo. Poco tiempo después, se puso a tararear junto a los pájaros que revoloteaban entre las ramas. Sonrió. Jamás había utilizado sus cuerdas vocales para algo con tanto sentido, a pesar de que ni siquiera estaba formando palabras.

  Se detuvo y estiró los brazos hacia arriba mientras inspiraba lentamente. Se dio cuenta de que el dolor de cabeza había desaparecido por completo. Miró alrededor en busca de un lugar donde sentarse. Lo encontró junto a uno de los troncos que tenía cerca. Estaba rodeado de una capa gruesa y verde de hierba. Aprovechó para comer algo de lo que llevaba en el bolso. El sol brillaba a través de las hojas y su piel absorbía cada gota de su calidez. A su alrededor crecían flores de distintos colores. La mujer seleccionó algunas y las unió formando una pequeña diadema. Se la puso y se sintió una persona nueva y, sin embargo, familiar, como si se reencontrara con alguien perdido hacía tiempo. Perdido y olvidado.

  Un rato después, continuó su camino con la esperanza de llegar a algún lugar habitado. Poco antes de la puesta de sol, cuando la tarde empezaba a ser oscura y la mujer ya creía que iba a pasar la noche a la intemperie, oyó el inconfundible sonido de los vehículos. Caminó unos metros más, mientras los árboles volvían a alinearse a su alrededor, y, al fin, pudo divisar una carretera bastante transitada. Fue hacia ella y la siguió a una distancia prudente. Cuando el sol empezaba a ocultarse, llegó a un pueblo bastante grande a simple vista. Temerosa de que allí la gente fuera como en la ciudad, la mujer observó el pueblo desde lejos, y solo se atrevió a aproximarse hasta unos árboles cercanos a una de las casas cuando creyó que nadie la vería. Allí oculta, podía ver un parque y el patio trasero de una casa. En el parque había niños aún. Sus madres les hicieron un gesto con su mano izquierda para que fueran con ellas. Y ellos, sin ninguna protesta, llegaron obedientemente al lado de sus madres y se agarraron a esa mano que antes les había llamado. A la mujer aquello le resultó familiar. Oyó voces cercanas. Los habitantes de la casa estaban en la cocina, cuya ventana se abría al jardín de atrás. Con la luz del interior, la mujer comprobó, desalentada, que aquellas personas eran como los hombres y mujeres que había dejado lejos, en la ciudad. Se puso tensa y retrocedió de espaldas, con cuidado de no hacer ruidos que pudieran alertar de su presencia.

  Sin embargo, cuando dio media vuelta pensando que estaba fuera de peligro, se encontró con dos hombres que la miraban con extrañeza.

  —Tú no eres de por aquí, ¿verdad? —inquirió uno de ellos.

  La mujer no contestó; de pronto, las manos se le habían congelado y no se sentía capaz de mover las piernas.

  —¿Necesitas ayuda? —preguntó a su vez el otro, brindándole la misma mano que otros como él le habían ofrecido en el autobús de la ciudad.

  Siguió sin contestar y sin moverse en absoluto. Los dos hombres se miraron y entonces, los dos al mismo tiempo, intentaron tocar a la mujer. Y ella reaccionó. Dio dos zancadas atrás.

  —No me toquéis —gruñó entre dientes y con el ceño fruncido.

  Los dos hombres parpadearon y la manera en que la miraban cambió. Ya no era compasiva y servicial sino de cautela. Las manos se alejaron de ella y la mujer sintió que recuperaba el calor del cuerpo.

  —Mira lo que lleva en la cabeza —dijo el primero de los hombres—. Es una loca.

  —Iré a por ayuda —dijo entonces el otro, ya alejándose.

  La mujer entornó los ojos. La habían llamado loca. Ella no había vuelto a ver a aquellos que eran etiquetados como locos. Nunca le había importado: los locos eran, lo sabía todo el mundo, un peligro para la sociedad. Pero ella… Ella no era ningún peligro para nadie.

  —Yo no estoy loca —afirmó con contundencia.

  El hombre que se había quedado no respondió, tan solo la miraba fijamente mientras mantenía el cuerpo en actitud de abalanzarse sobre ella.

  —¡Allí está!

  Miró por encima de su hombro y vio varias figuras que se acercaban a toda prisa. Ahogó un grito y se lanzó a correr. El hombre la sujetó por el brazo y gritó, los demás perseguidores gritaron también, pero ella dio un fuerte tirón y logró liberar el brazo. Corrió mientras los últimos rayos de sol creaban grandes sombras y el viento le llevaba las voces de quienes la seguían.

  Entre las hileras de árboles no se sintió a salvo. Continuó la frenética carrera a pesar del dolor en el pecho y en el costado. Le faltaba el aliento. También sentía dolorido el brazo que había apretado el hombre. A pesar de la carrera, su cuerpo seguía frío. Notaba cómo le temblaban las piernas. En cualquier momento tropezaría y esas personas se le echarían encima. Y entonces… Entonces no sabía lo que pasaría.

  Los gritos se alejaban cada vez más, pero ella no se detuvo. La arboleda era muy espesa; la oscuridad, apenas rota por el resplandor blanco de la luna. De pronto, se golpeó con gran violencia contra un tronco y cayó al suelo de espaldas. La cabeza le daba vueltas y le dolía terriblemente. Incapaz de levantarse del lecho de hojas, fue consciente de que solo podía oír su propia respiración entrecortada y fatigada. Tragó saliva, jadeó. Se giró con cuidado sobre el suelo hasta apoyar el pecho sobre él. Miró en torno, con los ojos entrecerrados y atenta a cualquier sombra en movimiento. Después de un buen rato, se levantó. Le dolía todo el cuerpo y se encontraba muy cansada, pero siguió caminando.

  Se internó más y más en el bosque, acompañada del ulular de las lechuzas, del cantar de los grillos y del croar de las ranas. Cuando se le doblaron las rodillas, tuvo que sujetarse en una rama para no caer. Comprendió que necesitaba descansar, de modo que colocó algunas hojas entre dos enormes raíces de un árbol que sobresalían del suelo y se acomodó sobre ellas. Antes de cerrar los ojos, sacó una botella de la bolsa y sació su sed vaciando el contenido por completo.

  Despertó al alba, con todos los músculos doloridos. Al abrir los ojos vio sobre ella ramas y hojas que bailaban con suavidad al compás de la brisa. Inspiró hondo. Se sentía bien allí. De pronto, pasó por su cabeza, de manera fugaz, una idea. La atrapó. Le entusiasmaba y al mismo tiempo le causaba temor. Con una sacudida de cabeza, decidió que era un disparate. Se incorporó. «Encontraré un lugar», se dijo.

  Aunque, primero, necesitaba encontrar agua. Caminó entre los árboles dispuestos en ese desorden, que cada vez le resultaba más agradable, hasta que dio con un río. Al principio, este le resultó extraño. El río que pasaba por la ciudad no permitía vislumbrar el fondo, y en sus aguas flotaban desechos. El que tenía ahora ante sí, en cambio… Sintió un impulso irrefrenable de disfrutar de esa agua tan hermosa con todo su cuerpo. Se quitó la ropa con rapidez y la dejó tirada en el suelo, sin preocuparse por doblarla como siempre había hecho.

  Despacio, se introdujo en el río. El agua estaba fría pero en su cara se dibujó al instante una sonrisa. Pronto estaba nadando y chapoteando en ella, riendo y bebiendo cuanto quería. La acompañaban algunos peces que le hacían cosquillas al pasar junto a ella. Disfrutó observando cómo cambiaban las sombras de los árboles al reflejarse en el río a medida que el viento movía las hojas y las ramas.

  Cuando salió del agua y alargó la mano hacia su ropa, de pronto sintió repulsa. No le gustaban aquellos trapos. Ni sus colores ni sus rasgaduras. Se percató en ese momento de que una de las mangas de su chaqueta no estaba. Recordó al hombre que la había agarrado la noche anterior.

  Entonces la idea regresó con mayor vehemencia. Miró el río, los árboles, las piedras, las mariposas, un nido de pájaros, las flores. Cerró los ojos e inspiró el olor a fresco, a vida, a espontaneidad. Cuando fijó de nuevo la vista en sus ropas, ya había decidido. Con las manos, hizo un agujero en la tierra donde colocó los trapos y la bolsa. Luego, los cubrió hasta que no quedó de ellos más que un bulto en el suelo.

  Se lavó las manos en el agua cristalina, bebió de su dulzura y continuó su camino, internándose más en el bosque.

 

Mónica Prádanos