Un toque de color

 


   La predicción del horóscopo que mi mejor amiga, una apasionada de la astrología, me había leído el día anterior no se me iba de la cabeza. No lo comprendía; siempre he sido una escéptica de este arte. «Necesitas un cambio», esa frase estaba martilleándome la cabeza. Yo tenía un trabajo en el que me encontraba a gusto, amigos y buenas relaciones familiares. Estaba soltera, cierto, pero no me sentía sola ni deseaba, por el momento, comenzar una relación.

   Entonces, ¿por qué seguía pareciéndome atractivo ese cambio?

   Caminaba despacio y sin rumbo, fijándome en los detalles que me rodeaban. En mi vagabundeo, me detuve ante el escaparate de una papelería. Los artículos escolares se mezclaban con las plumas estilográficas cuidadosamente colocadas jugando a salir de sus elegantes estuches. Mi mirada se detuvo en una caja cilíndrica de pinturas de madera, decorada con un arco iris. Esa mañana había visto uno a través de la ventana mientras cavilaba sobre el maldito horóscopo. Me aparté del escaparate y sentí al instante un picor en la mano derecha. Según continuaba mi camino, se intensificó, aunque me frotaba sin cesar con la otra mano. Habría tocado algo que me había provocado una reacción. Volví sobre mis pasos, intentando encontrar la causa de aquel escozor que empezaba a desesperarme.

   Para mi sorpresa, la molestia iba remitiendo a medida que regresaba a la papelería. De nuevo, mi vista se clavó en las pinturas y el picor cesó. Fruncí el ceño. Di un paso atrás y volvió la comezón. Alcé una ceja, sorprendida. Miré alrededor con la esperanza de que nadie se hubiera fijado en mi extraño comportamiento. Pero al separar la vista del bote cilíndrico la desagradable molestia aumentó. Con un gruñido, entré en la papelería, haciendo sonar una campanilla.   

   —Buenas tardes, quería el bote de pinturas del escaparate, por favor —dije. El dependiente asintió y se agachó tras el mostrador. Imaginé que se disponía a coger otro ejemplar—. No, no —le dije de inmediato—. El del escaparate, si es tan amable.

   —Pero si son iguales.

   —Perdóneme, es una tontería, pero quisiera ese en particular.

   Por fin, me lo dio. Estoy segura de que me consideró una excéntrica, incluso yo empecé a dudar de mi buen juicio. Cuando llegué a casa, puse mi adquisición sobre la mesa de la habitación donde suelo terminar el trabajo pendiente de la consulta y suspiré, pensando en el gasto absurdo que acababa de hacer: ni siquiera sabía dibujar bien.

   Cuando, a la mañana siguiente, entré para recoger unos papeles del trabajo, el bote de colores vivos atrajo mi mirada y un ligero cosquilleo recorrió mi mano derecha. Me entraron unas ganas irresistibles de coger un folio y atacarlo con aquellas pinturas. Disponía de tiempo aún, de modo que me senté al escritorio y saqué una hoja en blanco. Primero, con la pintura negra, los trazos se convirtieron en siluetas y las siluetas, en una imagen. Después les llegó el turno a los colores. Un toque de rojo aquí, otro de amarillo allá, un poco de azul mezclado con morado en la parte de arriba… Con regocijo, era testigo de cómo se iba formando ante mí un bello paisaje de sabana al anochecer.

   Una vez terminado, tuve la sensación de despertar de una breve siesta. Miré el reloj y el desayuno casi se me salió al ver lo tarde que era. Corrí por la casa, poniéndome el abrigo, calzándome las botas, cogiendo las llaves. Corrí hasta el coche, hasta el trabajo. No llegué demasiado tarde y unas disculpas a quienes esperaban en la consulta fueron suficientes, pero me prometí no volver a dejarme llevar por aquel arrebato de creatividad.

   Más tarde, mientras almorzaba con la forofa de la astrología, sucedió algo realmente extraño. Ella hojeaba su revista favorita mientras se quejaba de su marido para pasar después a alabar sus múltiples cualidades. Yo, de forma brusca, le quité la revista. No podía creerlo: ahí estaba la imagen que esa misma mañana había dibujado con mis pinturas nuevas. Era exactamente el mismo paisaje de sabana, con árboles oscuros y de copa plana que se recortaban contra el cielo añil.

   —¿Qué pasa? —me preguntó ella, sobresaltada. Yo miraba la fotografía sin pestañear. Jamás había visto esa imagen antes, estaba segura. Leí por encima el artículo, que hablaba de las maravillas de África como lugar de vacaciones.

   —Nada, nada, me sonaba esa foto —dije, sonriendo, y le devolví la revista. Mi amiga me miraba con asombro, pero dos segundos después continuó hablando de sus planes para el fin de semana.

   Engullí la comida y con el último trozo aún en la boca, me excusé aludiendo tener mucho trabajo. Sin embargo, una vez en casa, dejé los documentos de la consulta a un lado y cogí el bote de pinturas. Le di vueltas para observarlo minuciosamente. Luego volqué las pinturas y las analicé una a una con ojo crítico. No parecía haber nada fuera de lo normal. Tomé otro folio en blanco, lo puse frente a mí. En esa ocasión, el dibujo no fluyó con facilidad y el resultado parecía más bien obra de mis pequeños pacientes. Lo miré durante un rato y me dio la risa.

   —Parece que ha desaparecido mi musa —dije en voz alta, aliviada. Guardé de nuevo las pinturas y me olvidé del asunto.

   No pude olvidarlo por mucho tiempo, sin embargo. Una semana más tarde, durante el desayuno, regresó la picazón en la mano derecha. La ignoré al principio, pero se volvió demasiado molesta. Mientras me lavaba los dientes, consiguió ponerme nerviosa y apreté demasiado con el cepillo, hasta causarme sangre en las encías. Con un bufido de disgusto, me senté ante el folio en blanco y dibujé una calle con una perspectiva perfecta. Incluso había personas caminando por ella que parecían reales. El conjunto daba la sensación de estar levemente difuminado, salvo un edificio con una enorme placa distintiva que mostraba un corazón sonriente sobre un globo terráqueo.

  Esa vez las disculpas por el retraso y mi vergüenza fueron mayores. En toda la mañana, no pude sacarme de la cabeza la imagen de la calle que había dibujado. Me preguntaba si, como el primer dibujo, este también ilustraría algo real que yo no había visto nunca. ¿Cómo saberlo? Esa calle, si en verdad existía, podía estar en cualquier parte.

  El descanso lo pasé en mi consulta, en compañía de un vaso de plástico con chocolate de máquina que utilizaba solo para calentar las manos: sabía a agua con colorante. Busqué en el navegador y encontré a qué empresa pertenecía el símbolo del único edificio que aparecía nítido en el dibujo. No era una empresa en sí, sino una ONG llamada «Bienestar global». Miré dónde tenían sedes y, para mi sorpresa, había una en mi ciudad. Con rapidez, tomé una hoja cuadriculada y dibujé un mapa. Me dije que, al menos, investigaría esa dirección.

   Al terminar el turno, compré un bocadillo y seguí mi rudimentario mapa hasta llegar a mi destino. Me faltó el aire al reparar en que la calle era idéntica a la de mi dibujo, incluyendo a los viandantes que en ese momento pasaban por ella. Me alejé corriendo y sin echar una sola mirada atrás.

   Ya en casa, me acerqué despacio al escritorio donde descansaban las pinturas y los tres dibujos que había hecho con ellas. Me temblaban los dedos. Cogí el bote y los pliegos de papel y, respirando como si acabara de correr los cien metros lisos, los guardé en un cajón de cerradura y giré la llave. Aunque tenía la boca seca y pastosa, intenté tragar saliva varias veces. Poco a poco, la respiración se acompasó. Más tarde, mientras me tomaba una infusión de tila y menta envuelta en una manta y acurrucada en el sofá, me prometí a mí misma que jamás volvería a utilizar aquellas pinturas embrujadas.

   Durante los días siguientes soporté la picazón insufrible de la mano y conseguí mantener mi promesa. En dos ocasiones tuve la pequeña llave a escasos centímetros de la cerradura pero, finalmente, con los dientes mordiendo el labio inferior, me aparté y huí del cuarto. Una noche, me despertó un dolor atroz en la rodilla y, a la escasa luz que entraba de la calle, me percaté de que estaba frente a la cajonera donde guardaba las pinturas. Una de sus esquinas era el origen del dolor. Me rasqué la mano con frenesí.

   —Podríais dejarme al menos dormir tranquila —bufé al volver a la cama, mientras pensaba que todo aquello debía de ser producto de mi imaginación. Quizá era consecuencia del famoso estrés que aparecía últimamente por todas partes. O en verdad sí estaba sucediendo algo mágico…

   Tonterías. Tenía que ser cosa del estrés.

   Una tarde, mientras leía en el sofá, sentí que empezaba el picor una vez más. Inspiré hondo, recordé las técnicas contra la ansiedad. Me concentré en la historia, vaciando la mente, ignorando todo lo demás. La molestia se volvió más intensa. «Acabará por desaparecer, como otras veces». Pasé una página sin haberme enterado de lo que había leído. Terminé el capítulo y cerré el libro con mucha fuerza.

   —¡No lo soporto! —grité, histérica.

   A grandes zancadas, me situé frente al cajón donde había confinado a las pinturas. Di la vuelta a la llave, lo abrí sin cuidado y saqué el bote con forma de cilindro decorado con un arco iris. Inmediatamente, corrí a la cocina y levanté la tapa de la basura. Apreté los labios, tenía la espalda muy tensa, el bote seguía en mi mano. Un pensamiento cruzó mi mente: ¿se esfumaría el estrés así de fácil? Sacudí la cabeza y dos segundos después cerré el cubo de la basura.

   El bote seguía en mi mano.

   Me senté, puse un folio ante mí, me recogí las mangas y suspiré con tono de derrota:

   —Si no puedes vencerlos…

  Los trazos mostraron un rostro masculino, joven, atractivo. Mientras lo coloreaba, me preguntaba cómo se llamaría, en qué trabajaría, si sería simpático. Pelo moreno, ojos castaños, nariz ligeramente afilada. Me llamó la atención el pendiente que lucía en la oreja izquierda: tenía forma de cactus. Era imposible que hubiera visto antes a esa persona; me acordaría de un pendiente así.

  Encontrar la calle no resultó demasiado difícil gracias a Internet pero, me dije, encontrar a una persona solo conociendo que llevaba un pendiente con forma de cactus no sería nada sencillo. En cualquier caso, mi decisión era firme: estuvieran o no malditas aquellas pinturas, llegaría al fondo del asunto. Guardé el nuevo dibujo en mi carpeta del trabajo; mi búsqueda empezaría al día siguiente.

  Un par de viernes después, aún no había encontrado al joven. Como cada tarde, deambulé durante horas por la ciudad observando a los demás viandantes, hasta que mi cuerpo aterido me obligó a ir a una cafetería. Pedí un té y abracé la taza con ambas manos agradeciendo el calor. Me había sentado en la mejor mesa para tener controlado a todo el que entrara o saliera del lugar. Tuve de pronto la corazonada de que iba a ser allí donde encontraría al misterioso dueño del pendiente de cactus.

  Terminé el té y tomé otro más. El frío se había ido de mi cuerpo por completo y el joven del dibujo no aparecía. Desilusionada por el fracaso de mi intuición, saqué el folio de la saturada carpeta y lo miré durante largo rato, mientras me mordía la parte interna del carrillo. Eché otro vistazo alrededor y, con un suspiro, guardé el dibujo. Decidí detener la búsqueda por ese día y retomar mi costumbre de los viernes de pasarme por la biblioteca y sacar una película, quizás un libro. Por suerte, no estaba lejos de la cafetería donde me encontraba.

  Paseé por entre las estanterías, deteniéndome aquí y allá. Al doblar una esquina, choqué contra alguien y se me cayó la carpeta. Ahogué un grito. La tira de goma se había soltado y todos los papeles estaban desparramados por el suelo. Me agaché de inmediato a recogerlos, mientras me disculpaba efusivamente. La persona con quien había chocado recogió uno de los folios. Luego escuché por encima de mi cabeza una voz masculina:

  —¿Nos conocemos?

  Miré hacia arriba y me quedé boquiabierta. Ahí lo tenía, por fin: el pendiente con forma de cactus.

  Estaba paralizada, con varios pliegos colgando de la mano. No me salían las palabras. ¿Qué podía decirle: que tenía unas pinturas encantadas con las que dibujaba cosas que jamás había visto? Yo no lo hubiera creído. Al menos, no antes de que me empezaran a suceder aquellas cosas extrañas.

  Seguí recogiendo los papeles y logré balbucear que no lo conocía, que debía de haber sido simple casualidad. Él se agachó a mi lado entonces, yo di un pequeño salto hacia atrás. Un salto muy ridículo que me hizo perder el equilibrio y quedar con las posaderas en el suelo de la biblioteca. Por fortuna, no había nadie más en ese pasillo.

  —¿Eres pediatra? —inquirió, agitando un papel. Pude ver el logo de la consulta pediátrica para la que trabajaba. Yo asentí sin decir palabra y me apropié de la hoja.

  —Es información privada.

  Me di más prisa en recoger. Por el rabillo del ojo, vi que el chico, aún en cuclillas, observaba el dibujo mientras se rozaba la barbilla rasurada con aire pensativo.

  —Quizá sea el destino —murmuró.

  —¿Cómo? —Ya tenía todos los papeles en la carpeta. Me reí—. Ha sido casualidad, nada más.

  —No lo creo. Yo estoy buscando un pediatra y, de pronto, me encuentro con una que tiene un retrato mío en la carpeta. —Pareció reflexionar un instante—. Tomemos un café.

  No fui capaz de reaccionar. Cuando quise darme cuenta, estaba en la barra de una cafetería, con la camarera pendiente de mi respuesta. Aunque ya había tomado suficiente té aquella tarde como para tener problemas para conciliar el sueño, pedí un café; descafeinado, eso sí. Nos sentamos a una mesa y el joven del pendiente de cactus fue quien inició la conversación. Me contó que en el lugar donde trabajaba desde hacía dos años necesitaban urgentemente médicos como yo. Hablaba con tanta pasión que le pregunté con genuino interés en qué consistía su trabajo.

  —Antes era profesor de literatura en la universidad —me dijo— pero ahora me dedico a enseñar a leer y a escribir en varias aldeas africanas. —Parpadeé. En un fogonazo, apareció en mi mente una sabana al atardecer—. Mis alumnos tienen problemas de salud, pero allí no llegan apenas medicinas y, de todos modos, no hay médicos para suministrarlas como es debido. —Sonrió entonces—. Me pareció cosa del destino cruzarme contigo justamente hoy, cuando acabo de llegar buscando alguna organización donde solicitar ayuda de este tipo.

  En ese momento sucedió. En ese momento dejé de pensar que lo que tenía era estrés.

  —¡Bienestar global! —exclamé, levantándome tan de repente que él pegó un bote en su asiento.

  —¿Qué?

  Me volví a sentar, pero no fui capaz de serenarme. Todo lo que había sucedido, desde el día del maldito horóscopo… Pensé que en verdad las pinturas me estaban enviando alguna clase de mensaje. Primero, África; luego, la ONG y, en tercer lugar, un joven que me hablaba de un lugar donde necesitaban pediatras. Inspiré hondo.

   —Esto te va a parecer una locura —empecé.

 

  Esa misma tarde acudí, junto con el joven del cactus, a la organización que me habían mostrado las pinturas y me inscribí en un programa de ayuda para la salud en el área donde trabajaba él como profesor. Decidí que dejaría el piso en alquiler y mi hermano aceptó ayudarme con ello. Una vez tuve todo arreglado, presenté mi dimisión en el centro de salud con los motivos que me llevaban a dejar mi empleo. Redactar esa carta me hizo volver a reflexionar. Quizá había actuado demasiado irreflexivamente, guiada por un cúmulo de acontecimientos casuales que había agrupado bajo el nombre de «destino», influenciada quizá por un joven que irradiaba un entusiasmo que yo, me di cuenta, envidiaba. No obstante, fue esa envidia la que me impulsó a continuar con mis planes.

  El último día en el centro de salud, recibí varios paquetes de bombones y dos ramos de flores preciosos. Todos mis compañeros de trabajo me desearon buena suerte en África. Antes de la primera cita, guardé en una caja los dibujos de mis pacientes junto con todos los demás objetos que se habían acumulado en la consulta durante los años de trabajo. Tan solo dejé sobre la mesa algunos de mis bolígrafos de diseños divertidos metidos en un portalápices y el bote de pinturas, que siempre mantenía cerca, aunque habían pasado varios meses desde su última llamada.

  No fue fácil decir adiós a los niños que, agitando el caramelo sin azúcar o el palo con el que les había observado la garganta, me despedían. De nuevo me pregunté si estaba haciendo lo correcto o todo había sido fruto de la idea absurda de que unas pinturas mágicas me habían enviado un mensaje.

  La jornada estaba acabando. Mientras escribía en el ordenador el medicamento para mi penúltimo paciente, noté el picor familiar en la mano derecha. Con una extraña mezcla de curiosidad y recelo, miré las pinturas y entonces me di cuenta de que alguien más las estaba observando.

  El niño se rascaba la mano derecha y mantenía los ojos clavados en la caja de pinturas. La mía había dejado de picar. Aparté la vista y continué preparando la receta; pero, mientras la impresora rompía el silencio de la consulta, por el rabillo del ojo miré al niño. En ese momento se frotaba la mano contra la ropa y seguía fijo en las pinturas.

  Cogí el papel recién impreso, estampé en él el sello de la consulta y firmé. Cuando se lo di a la mujer y le dije las últimas instrucciones sobre el medicamento, la mano derecha me picó con intensidad. En cuanto posé mis ojos de nuevo en el niño, que seguía a su madre pero con la cabeza girada hacia atrás, el picor se desvaneció. Suspiré.

  —¿Las quieres? —pregunté, señalando el bote de pinturas y forzando una sonrisa.

  El niño afirmó con la cabeza. Su madre le dijo que esas pinturas eran de la médica y que no estaba bien ser caprichoso. Tuve mi oportunidad, lo sé, pero reconocí entonces en la mirada de ese niño la misma que debí de poner yo cuando el dependiente de la tienda se agachó para darme otro paquete en lugar de ese.

  —No, quiero dárselas —dije, mirando a la mujer. Cogí el bote cilíndrico y se lo tendí al niño, esa vez con una sonrisa sincera. La puerta se cerró tras ellos—. Ahora te toca a ti.

Mónica Prádanos