Solo mi padre me quiere



 

Para quienes pisan fuerte,

aun con los pies descalzos.

 

  Se despierta de súbito, bañada en sudor y jadeante. Le ha parecido tan real que aún siente las manos rudas en torno a sus pechos, la lengua en el cuello… 

  Se incorpora en la cama y enciende una vela, que ilumina una cabellera cobriza y larga. Se viste con calzas y jubón masculino hechos de piel curtida de cabra y ajusta su nuevo cinturón, del que cuelgan saquillos. Finalmente se abrocha una capa gruesa y cálida. Sale de la casa con pasos veloces. Sus pies desnudos no hacen ruido ni sienten dolor ni frío.

  Las calles están vacías y oscuras. Eldaria atraviesa unas líneas de árboles muy juntos y de copa tupida hasta llegar a un claro que no ha cruzado desde que tenía diez años. Y ya cuenta dieciocho.

 

  La niña corría entre las sombras alargadas del bosque. Miraba hacia atrás con ojos muy abiertos, unos mechones rojizos le tapaban la cara, respiraba con dificultad y sentía un dolor agudo en el estómago. Tenía rastros de sangre en las uñas.

  Las hojas secas chasqueaban al ser aplastadas en su carrera sin rumbo. El recuerdo de la mano áspera entre sus muslos le impulsaba a seguir adelante, a ignorar el dolor de los pies magullados y el frío que se colaba por su camisola.

  Llegó a un claro iluminado tenuemente por un resplandor azulado. El frío se escabulló de entre sus piernas. La tierra bajo sus pies menudos emitía un calor impropio del otoño. Eldaria se detuvo un instante, extrañada, pero al escuchar un chasquido reemprendió la carrera. Al franquear los árboles del otro extremo del claro, el resplandor desapareció. De nuevo, el aire cortante le hizo tiritar y el suelo perdió la calidez. 

  Poco después llegó a un conjunto de casas. Eran de madera, sencillas, y algunas tenían luz en las ventanas. Golpeó la puerta de una y esperó, mientras se frotaba los brazos para entrar en calor. Abrió una mujer alta, vestida con una camisa larga que casi cubría el pantalón de cuero. Una fea cicatriz le recorría la mejilla desde la oreja hasta la boca.

    Antes de que la niña dijese nada, la mujer se apartó para dejarle paso y la condujo hasta la cocina.

   —Siéntate y bebe. —Le ofreció un bol de arcilla donde humeaba una sopa. Eldaria obedeció y suspiró cuando sus manos sintieron el calor de la vasija.    

   La anfitriona se sentó cerca. Eldaria terminó la sopa y mantuvo los ojos fijos en el recipiente vacío.

   —Yo también estaba asustada cuando llegué, pero, sea lo que sea de lo que huyes, aquí estarás a salvo. ¿Cómo te llamas?

   Levantó la mirada e intentó no posarla en la horrible cicatriz.       

   —Eldaria. —Se mordió el labio—. No me puedo quedar.

   —¿Por qué, pequeña? —preguntó la mujer con dulzura.

   —Porque yo… soy un monstruo. Mi madre y el cura y todos lo dicen. Un demonio. Hago cosas malas, rompo cosas, y corro más rápido que los niños mayores. Solo mi padre me quiere. Pero no me gusta cómo me quiere. —Tembló al soltar las primeras lágrimas—. Me hace daño. No tendría que haberme ido. Ahora él también está enfadado conmigo. —Hipó—. Ya no me querrá nunca más. Yo lo rompí todo. Todo —gritó—. Mi madre me vio. Y me fui. No quería que me llevara a la iglesia otra vez, ni que mi padre me quisiera después. —El llanto y los hipidos y los temblores se intensificaron.

   La mujer le tomó de las manos con ternura.

   —Mi mejor amigo era un ratón —habló, despacio—. Todos decían que estaba loca por creer que me hablaba. Pero era así. —Eldaria dejó de llorar y la miró con curiosidad—. Un día, unos chicos me llevaron al bosque y me dieron una paliza. Uno me golpeó la cara con una piedra afilada. —Se señaló la cicatriz y la niña abrió la boca con espanto—. Entonces ocurrió algo: miles de ratones se lanzaron contra ellos y los mordieron por todas partes. Me dijeron que corriera. Y yo corrí. Llegué más tarde a un claro iluminado de azul.

   —¡Yo también! —Eldaria señaló afuera—. Me pareció muy raro.

   La mujer sonrió.

  —Lo es. Pero no te preocupes, para ti no es nada malo. Eres una de nosotras. No eres ningún monstruo, pequeña.

  —¿Una de vosotras? No entiendo…

  —Mañana te lo enseñaré, pero ahora debes descansar. Ven conmigo.

  Aquella noche, Eldaria tuvo sueños oscuros. Ella corría entre árboles. De pronto aparecía su padre y entonces el bosque se esfumaba. Estaba otra vez en la leñera y él le quitaba la ropa. Luego todo se volvía rojo. Las manos le chorreaban sangre. Corría y jadeaba mientras unas raíces que parecían manos salían del suelo y se entrelazaban a sus piernas.

  Los días siguientes se apilaron en meses y estos, en años. Eldaria aprendió a controlar aquella fuerza interior que la dominaba cuando sentía ira o miedo, y la convirtió así en lo que su nueva familia llamaba «brujería». Asimismo, aprendió a preparar miel y a cultivar la tierra, sus trabajos en aquella aldea que solo habitaban mujeres. Era parte de la comunidad, nunca más un demonio encerrado.

  Sin embargo, las noches continuaban pobladas de pesadillas. Muchas veces había salido de la aldea a oscuras, para quedarse paralizada en la linde del claro, con los puños apretados, y más tarde volver sobre sus pasos con sensación de derrota.

 

  Un escalofrío le recorre la espalda. Las piernas no le obedecen. Las imágenes de sus sueños angustiosos aparecen ante ella.

  —Esta vez no, joder. Ya soy una bruja. —Aferra un saquillo de su cinturón—. Puedo hacerlo. 

  Da un primer paso tambaleante dentro del claro. Luego otro.

  —Voy a hacerlo.  

  Corre entre los árboles, como hace años, salvo que ahora su mirada es firme y conoce su destino.

 

  Las piedras y hojas caídas se le clavaban en los pies. Pronto se quedó sin aliento y apoyó la espalda contra un árbol. No se había alejado mucho. El sol descendía y la camisola apenas la protegía del frío.   Se masajeó las piernas cansadas. Supo que moriría de frío y de hambre antes de llegar a cualquier lugar, pero no podía volver.

   Algo tiró con brutalidad de su camisola hacia atrás. Gritó y cerró los ojos mientras giraba en el aire. Notó un dolor agudo en el costado al golpearse contra un  roble. Al abrirlos de nuevo, vio la cara de su padre, con la vena inflada en mitad de la frente. De inmediato, su mano callosa le aferró el cuello.

   —¿Así me agradeces que te quiera a pesar de ser un engendro?—rugió. Eldaria empezó a balbucear y a llorar mientras agarraba el brazo que le ahogaba—. Con todo lo que he hecho por ti, intentas abandonarme. Pero yo te perdono. —Su otra mano se introdujo bajo la camisola—. Tu madre quiere que te mate, pero no lo haré. Prepararé un cuarto bonito, solo para ti y para mí.

   Los dedos de él llegaron a su entrepierna temblorosa y hurgaron en ella. La niña sollozó, y sus uñas se hundieron en la carne del brazo paterno.

  —Así me gusta, cariño —gimió él, e introdujo más los dedos en la vagina infantil. Las uñas se clavaron más fuerte y desgarraron la piel—. Sí, mi pequeña fiera. —La soltó y empezó a desatarse el pantalón.

   Sin apenas ser consciente de lo que hacía, Eldaria clavó las uñas en los ojos de su padre. Él se llevó ambas manos a las heridas, chillando. La niña corrió entre los árboles, que poco a poco se teñían de sombras. Sus uñas estaban manchadas de sangre.

 

  Desde la linde del bosque, Eldaria ve las escasas lámparas encendidas de su aldea natal. Campoviejo duerme, cansado del largo día de siembra. La casa más cercana al bosque, a cierta distancia de las demás, está apenas iluminada, pero ella puede distinguir que el gallinero es algo más grande. Cuando se acerca, el mismo olor a estiércol, barro y perro mojado le recuerda su infancia.

  Se detiene frente a la leñera. Está reconstruida tal y como era antes. Apoya una mano en la puerta de madera, murmura unas palabras antiguas y el tablón se separa de sus goznes oxidados. Eldaria susurra un nuevo conjuro y la puerta flota hasta posarse, silenciosa, en la tierra húmeda.

  La joven asoma por el hueco. Tan solo hay madera apilada. Sin embargo, en sus pesadillas siempre hay una niña de ojos asustados y pelo cobrizo, sin zapatos y vestida únicamente con su camisola interior.

 

  Había pasado toda la noche allí dentro, sin cenar, y por la mañana ni siquiera le habían traído un mendrugo de pan. Las horas pasaron y la tripa le daba pinchazos. Se sujetaba las rodillas y se balanceaba adelante y atrás. La escasa luz que entraba bajo la puerta y entre las rendijas de los maderos que cubrían la ventana era fuerte, pero no vencía al frío que le hacía tiritar. 

  Otras veces le dejaban salir cuando amanecía. Pero aquella vez no. Aquella vez la leñera y ella misma estaban impregnadas de su olor. Un olor que le producía arcadas. Se miró los muslos desnudos y notó la aspereza de esas manos al recorrerlos, recordó cómo le quitaba la única prenda que le dejaban puesta antes de encerrarla, cómo la apretaba contra sí mientras le susurraba al oído: «Te quiero, mi niña, solo yo te quiero. Aquí estás a salvo». Apoyó la cara en las rodillas y se dio cuenta de que tenía las mejillas húmedas.

  Imaginó que su padre entraba de nuevo, le quitaba la ropa y se quitaba la suya, mientras la manoseaba, la mordía y le restregaba la lengua por todo el cuerpo, hasta que le abría las piernas y le repetía: «Te quiero, mi niña, te quiero», para después meterle aquella cosa dura que le hacía sangrar. Vomitó a un lado y tiritó. No lo soportaría de nuevo aquella noche. Cerró con fuerza los ojos, se encogió sobre sí misma y gritó. Fue un aullido largo, sostenido, ahogado por el puño con que se tapaba la boca.

  Mientras ella gritaba, los clavos que sujetaban las tablas de madera que cegaban la ventana salieron disparados. La niña no se percató del ruido que hicieron al caer, ni de la luz que entró. Continuó gritando, y entonces el cristal empezó a agrietarse y las paredes temblaron. Cuando en su cabeza martilleó de nuevo la voz de su padre, se tapó las orejas con las manos y su grito se mezcló con el ruido del cristal y la madera que estallaban en pedazos. Se protegió con los brazos, ya en silencio. Dejaron de caerle astillas encima y ella abrió los ojos. De la leñera solo quedaban los montones de leña a su alrededor. Su madre estaba un poco más allá, con la boca abierta de puro terror.

  —Eres… el mismo demonio —susurró mientras retrocedía. 

  Eldaria no respondió. Se levantó y dio unos pasos vacilantes para poner más distancia entre ella y su madre. Los cristales y las astillas se le clavaban en los pies descalzos. Después echó a correr hacia el bosque. Sentía un doloroso martilleo en la cabeza. Era un demonio, sí.   

 

    Allí está de nuevo, la niña convertida en mujer, frente a la casa familiar. De un saquillo de su cinturón saca varias piedras blancas, casi transparentes. Rodea la vivienda y las deposita, una a una, en los poyetes de las ventanas y frente a las dos puertas exteriores, mientras recita en voz baja una letanía repetitiva y grave.

    Cuando termina, coloca una mano sobre la puerta principal. Un destello ilumina la noche y la madera revienta. No se escucha nada, pero la piedra que hay a sus pies se tiñe de un tono grisáceo claro.

    Franquea la entrada con la cabeza erguida. El suelo de madera tiembla bajo sus pisadas, sin emitir ningún sonido.

    En la oscuridad y el más absoluto silencio, Eldaria camina con paso seguro; los recuerdos infantiles la esperan en cada rincón. Poco ha cambiado durante aquellos ocho años.

    La puerta de la habitación de sus padres está abierta. Con dedos temblorosos abre otra bolsita y extrae un puñado de polvo negro. Respira hondo y el temblor cesa. Murmura unas palabras que ni siquiera ella oye y el polvo se esparce por la habitación en penumbra. Da un paso y accede a ella. Allí, ahora, se escucha la respiración de los durmientes, dos bultos en la cama que ascienden y descienden con lentitud.

   Eldaria señala a uno de ellos con el dedo índice mientras murmura el hechizo. De inmediato, el hombre grita y las mantas caen al suelo ante sus movimientos frenéticos. La mujer se despierta y trata de calmarlo, pero él chilla como los cerdos antes de ser degollados, pidiendo ayuda. 

   —Nadie puede oírte.

   Eldaria baja el dedo y el hombre calla. La mujer enciende una lámpara de aceite. Los dos ven entonces a la joven de melena cobriza que espera junto a la puerta con mirada fría.

  —¿El… Eldaria? —Los labios de la mujer tiemblan. Su hija asiente—. Hija, por favor, dej…

  —Ahórrate las súplicas y no me llames «hija». —Abre los brazos, y de sus manos comienzan a surgir chispas verdes—. Aún soy el mismo demonio.

  Los rayos se alargan, veloces, y se enroscan en los cuerpos del hombre y de la mujer, que se retuercen, gritan, suplican. Pero ningún sonido sale de la habitación.

  Eldaria sacude las manos y los rayos se esfuman. Sus padres caen, desmadejados, al suelo.

  —Padre nuestro, que estás en el cielo… —empieza a rezar ella.

  —Estoy harta de tus oraciones. —Eldaria se pone un dedo en la boca y, al momento, la mujer da hipidos en su intento de respirar. Se araña la garganta y se arrastra por el suelo hasta que la vida se le escapa.

  Eldaria mira a su padre y arquea una ceja.

  —¿Algo que decir?

  —Yo te protegí de ella. —Señala al cuerpo inerte de su esposa mientras mira a su hija como una presa acorralada—. Yo siempre te he querido, hija.

  —Creo que no. —Ella lo mira con ojos entrecerrados y a continuación recita unas palabras con voz sibilante.

  El hombre se mira la entrepierna, donde su miembro crece, rasga sus pantalones y serpentea en el aire como una cobra encantada. En un movimiento veloz, le rodea por un costado y se introduce con fuerza por el ano. Él grita. Eldaria mueve el brazo de abajo arriba con violencia y la serpiente atraviesa el cuerpo de su padre hasta aparecer por su boca.

  El cuerpo cae pesadamente sobre un charco de sangre.

  Eldaria sale al exterior, aún arropada por la noche. Recoge las piedras, ahora negras, y después entra en la leñera. Uno por uno, coloca los troncos alrededor de la casa. Antes de posar el último, susurra unas palabras y este prende. Lo apoya y las llamas bailan de un leño a otro, y crecen hasta devorar las paredes de madera podrida.

  El fuego ilumina el cabello largo de la joven mientras camina de regreso al bosque. 

 

Mónica Prádanos