No tienes poder sobre mí

 


  Las aguas del Nilo fluían a gran velocidad. Removieron el fango, salieron de su cauce, destrozaron cultivos, arrastraron a todo el que encontraban a su paso.

  Tetis emergió entre ellas en la desembocadura. Su cuerpo delgado estaba cubierto con una túnica que emitía destellos plateados y azules. Tenía los brazos cruzados y la mirada ceñuda. En medio del silencio retumbó su voz:

  —Océano, sal. Tengo que hablar contigo.

  Segundos después, el mar que Tetis tenía ante sí se abrió con dos grandes olas. Entre ellas apareció la imponente figura de Océano, ataviado con una tela verde oscura que dejaba al descubierto el torso de músculos marcados.

  —Dime, Tetis. —La miró de arriba abajo y la lascivia asomó en sus ojos, oscuros como las fosas marinas donde no llega la luz—. Ya veo. Estaré encantado de satisfacer tus deseos —añadió acercándose a ella. Tetis rio.

  —Has interpretado mal las cosas, querido.

  Océano se detuvo, intrigado. ¿Había acaso algo más importante que hacer el amor?

  —¿Qué quieres, entonces?

  —Llevo demasiado tiempo cerca del mar a petición tuya. Ahora voy a volver tierra adentro. No puedo disfrutar de todo mi reino quedándome en las desembocaduras de los ríos.

  —No.

  La ira de Tetis creció, y así hicieron también las aguas del Nilo.

  —No te estoy pidiendo permiso. He cumplido mi promesa estos años porque creí que me deseabas solo a mí. —Mientras hablaba, el agua formaba un muro alrededor de ella y de Océano—. Pero solo pretendías quitarme mi derecho de yacer con quien quisiera.

  —¡Tú me debes obediencia!

  —¿Como si fuera una humana? —Tetis duplicó su tamaño—. No olvides que soy tu igual —su voz sonó como el torrente que corre con violencia, embistiendo y destrozando cuanto encuentra.

  El cuerpo de Océano también se agrandó, y las olas que lo rodeaban lo alzaron hasta que miró a Tetis desde arriba. Todo el mar que estaba tras él se embraveció, chocando con furia contra los acantilados y atacando el muro de agua que Tetis había levantado.

  —Nunca serás mi igual —rugió Océano—. Yo controlo el mar. ¿Qué vas a hacer tú contra él?

  Tetis arqueó las cejas.

  —No busco pelea contigo. Solo reclamo lo que me pertenece. Yo tengo que estar en los ríos. En su nacimiento y recorrido. En los valles que trazan. Junto a las nieves que los alimentan. ¿Acaso no vas tú al fondo del mar, lejos de mí?

  —Tú no me pediste lo contrario. Yo sí, y tú accediste.

  —¿Pedir? Eso es, exacto. Tú me lo pediste, yo accedí y ahora me retracto. Y tú no puedes evitarlo. Tú y yo somos iguales. No tienes ningún poder sobre mí.

  Con un rugido de furia, Océano envió todo el peso del mar contra Tetis. Ella hizo lo propio con las aguas del río. El choque se oyó a kilómetros de distancia. El agua cayó en picado tras la colisión y se formó una ola de gran tamaño que avanzó en todas direcciones, arrastrando tierra, barcas y humanos.

  —¿Cómo es posible? —murmuró Océano al ver a Tetis indemne. Ella dejó que el agua la elevara hasta tener a Océano tan cerca que su nariz casi tocaba la de él.

  —Te lo he dicho: no tienes ningún poder sobre mí. ¿Ves mi cuerpo? —dijo, señalándose sus esbeltas formas. Océano asintió—. Bien, porque no lo verás en mucho, mucho tiempo.

  Antes de que Tetis le diera la espalda, Océano preguntó:

  —¿Acaso ya no me deseas?

  Tetis rio con fuerza.

  —¿Acaso tú dejabas de desearme mientras yacías con las demás? Por supuesto que no; un titán tiene sus apetitos. —Con una expresión lasciva, deslizó las manos por sus pechos y descendió hasta apoyarlas en las caderas—. Una titánide también los tiene.

  Océano no respondió y Tetis desapareció entre las aguas del Nilo. Sus últimas palabras fueron transportadas por el río hasta Océano:

  —El agua de mis ríos alimenta tus mares. No lo olvides, querido.

 

Mónica Prádanos