Lo que el bosque esconde

 


  No puede ser. ¿Dónde están todos? Durante el día este bosque me ha parecido hermoso pero ahora, yo sola y con este silencio, me da escalofríos. Las sombras producidas por la luz de la luna desdibujan los contornos. Los árboles parecen dispuestos a atacarme. Sus ramas, enredadas y puntiagudas, se mueven con el viento como si de brazos se tratase. Por más que observo a mi alrededor, no consigo ver a ninguno de mis compañeros de travesura. ¿De quién ha sido la genial idea de aventurarnos en el bosque mientras los profesores duermen? Ah, vale: mía.

  Me divertí mucho al principio, cuando nos podíamos reír de las formas fantasmagóricas que tenían los árboles a la fuerte luz de la luna llena. Pero todo se complicó con el grito terrorífico de Pablo. Eché a correr como si me persiguiera el diablo. Creía que todos venían detrás de mí pero, cuando paré y me di la vuelta, no había nadie. Grité intentando que alguno me oyera y viniera hacia mí, pero tras varios gritos sin respuesta empecé a asustarme de verdad.

  Sigo caminando, aunque no sé hacia dónde dirigirme. Los sonidos del bosque retumban en mis oídos y me asustan. El viento sopla, frío, y arrastro los pies entre las ramas caídas, piedras y hojas. Miro al suelo para evitar tropezarme, y de vez en cuando alzo la vista intentando ver a mis compañeros. Espero no encontrarme con algún animal peligroso… o algo peor. Los profesores nos han hablado esta misma mañana de leyendas sobre criaturas nocturnas que habitan esa comarca. La que se empeña en ocupar mi cabeza en este momento es la de la niña que, muchos años atrás, se perdió en este mismo bosque y desde entonces vaga tratando de encontrar a alguien que la acompañe en su soledad.

  Camino más rápido, sacudiendo la cabeza para alejar esa historia de mis pensamientos y concentrarme en encontrar el camino de vuelta. Pero todo es exactamente igual. Más árboles, más piedras, más hojas caídas. Tengo miedo de estar internándome en lo profundo del bosque sin darme cuenta. Quizá tenía que haberme quedado donde estaba. Cuando llevo por lo menos una hora caminando, me detengo y miro a mi alrededor, girando sobre mí misma. Intento reconocer algo de lo que me rodea. En la excursión de la mañana he visto que algunos árboles tenían unas marcas con forma de flecha talladas en su corteza. ¿Cómo no he pensado en eso antes? Tonta. Vuelvo sobre mis pasos y, mientras tanto, miro uno por uno todos los árboles de mi derecha y mi izquierda. Nada. Ninguna marca. Sigo caminando, esquivando rocas y tratando de no pensar en la niña fantasma, mientras reviso los troncos de los árboles. Agobiada, cansada y a punto de rendirme, me siento en una gran piedra. He caminado mucho, debería haberme cruzado con alguno de mis amigos. Vuelvo a gritar sus nombres varias veces pero no obtengo respuesta. Me quedo ahí sentada, con la cabeza entre las rodillas. Un búho ulula tristemente, las hojas crujen al moverse con el viento. Cuando amanezca, alguien vendrá a buscarme. Eso me repito una vez y otra.

  De repente, el búho enmudece, el viento se detiene y no puedo oír nada más que mis pensamientos. Saco la cabeza de entre las rodillas. La luz de la luna se ha ido también. Miro hacia arriba. Una nube pasa delante de ella. Observo cómo se mueve con lentitud y, cuando de nuevo aparece el círculo brillante, vuelvo mi mirada al bosque. Frente a mí hay una niña de piel pálida que me sonríe. Me recorre un escalofrío de abajo arriba. Mi cuerpo no reacciona. Quiero correr, gritar, llorar. Pero no puedo.

  La niña me hace un gesto con la manita, indicándome que la siga, sin dejar de sonreírme.

            —No quiero ir contigo —consigo decirle con la voz temblando—. No quiero quedarme aquí para siempre.

            Un gesto de tristeza aparece en la cara de la niña, pero solo durante unos segundos. Niega con la cabeza y me señala a mí, luego al bosque, después otra vez a mí y a su boca sonriente. Avanza un poco y vuelve a indicarme que vaya con ella. Pero yo sigo quieta en mi piedra. Tengo las manos heladas. La niña frunce el ceño y vuelve junto a mí. Me señala, luego a ella y niega con mucha fuerza con la cabecita. Me señala otra vez y señala al bosque. Y después hace cosas raras, como si estuviera representando una obra de teatro en la que ella era varios personajes. Casi consigue que me ría. Después me mira fijamente y yo creo entender lo que me está queriendo decir. Me levanto de la piedra y la niña sonríe. Camina y yo la sigo. Aunque ella casi trota, para mí es una marcha bastante lenta, ya que varios pasos de ella suponen uno mío. Debe de tener alrededor de tres años. Lleva ropa anticuada y el pelo rizado recogido en una graciosa coleta alta. Mientras la miro, pienso en lo triste que me sentiría si estuviera en su lugar.  

            Después de un buen rato andando, la niña se detiene, me mira y señala delante. Un poco más allá, veo una figura moverse.

            —¡Claraaa! —oigo la voz de Marta, lejana. Me lanzo hacia ese sonido con una sonrisa en la cara. Y, de pronto, me detengo. La niña sigue allí, pálida como luz de luna. Me dice adiós con la mano.

            —Gracias —le digo. Corro hacia Marta, llamándola a gritos. Ella debe de oírme, porque veo como se para y mira a todos lados. Al fin, llego hasta ella.

            —¡Clara! ¿Dónde demonios estabas? Llevamos una hora buscándote.

            —¿Una hora? Creía que ya estaría a punto de amanecer. Ha sido horrible… —Esa soledad y angustia, me digo, las habría sentido aquella niña cuando se perdió. Y por alguna extraña razón, estaría sola y perdida durante toda la eternidad. Me escuecen los ojos. Mientras camino detrás de mi amiga pienso en lo equivocada que había estado al temer a los fantasmas. 

Mónica Prádanos