Y toda tu vida cambiará

 


   La ardilla le susurró, mientras correteaba de un oído al otro:

  Sigue por esa carretera, viajero, y encontrarás riquezas que nunca podrías imaginar. ¿Cuánto dinero tienes en la cartera? Apenas unos dólares que en Las Vegas convertirás en cientos de miles, quizá millones, si eres lo suficientemente listo y valiente. Podrás olvidarte de la hipoteca y hacer ese viaje a la otra punta del mundo. Tan solo te hará falta un dólar de esos pocos que llevas. Un dólar, amigo mío, y toda tu vida cambiará.

  Puso el intermitente y siguió la carretera. Horas después, con los bolsillos algo más llenos de billetes, mientras contemplaba un hotel con luces de neón, el mono se apoyó en su hombro y, mientras movía su cola peluda acariciándole el cuerpo, le dijo de manera que solo él pudo escuchar:

  Quieres entrar, ¿por qué te resistes? ¿Quién va a enterarse; acaso no has escuchado nunca que “lo que ocurre en Las Vegas se queda en Las Vegas”? Sabes lo que te espera dentro: vas a gemir de placer como hace años que no gimes. Luego, sin lugar a dudas, querrás quedarte aquí. Es una ciudad grande, hay un sitio para ti en ella.

  No tardó en descubrir que hacer caso al mono había sido una buena idea. Cuando salió de nuevo a la calle, lo hizo con una sonrisa satisfecha en los labios. La vuelta a casa era un vago murmullo en un rincón oculto de su memoria. Entonces, unas voces alegres le hicieron mirar a un bar de copas. Entre sus piernas, el cerdo atrajo su atención con un gruñido.

  Por supuesto que puedes darte el gusto de un buen whisky. Es más, puedes tomar cuantos quieras. ¿Quién va a impedírtelo? Aquí nadie te dirá: “No deberías beber más” o “Como sigas bebiendo así, en casa no entras”. Toma cuanto desees, no desperdicies esta magnífica oportunidad. Mira a aquel grupo, lo bien que lo están pasando. ¿Vas a perderte la juerga? Mañana, al despertar, agradecerás que haya venido a animarte.

 

   Semanas más tarde, lo encontró la policía, tirado en la puerta de un prostíbulo, apestando a alcohol y sin un solo dólar en los bolsillos. Nadie lo creyó cuando afirmó que había abandonado su trabajo y a su familia por lo que le dijeron una ardilla, un mono y un cerdo. Su siguiente parada fue una habitación fría de hospital psiquiátrico.

 

Mónica Prádanos