Sol que se pone, sol que te eleva

 


            Si te quitas los zapatos, notarás la hierba fresca en las plantas de tus pies. Si alzas la vista, verás un trozo de cielo por el que pasan raudamente los pájaros. Si aguzas el oído, escucharás el crotoreo de las cigüeñas.

            A tu alrededor, amplias cristaleras en muros blancos labrados y personas que, como tú, aguardan en sus asientos. Algunas se abanican, otras charlan, otras miran al frente. Porque ahí, sobre el escenario, esperan en silencio los protagonistas de la velada: un piano y un violonchelo.

            Salen las intérpretes, se hace el silencio, solo roto por el piar y el crotoreo incesante. Al patio del palacio no llegan ya los rayos del sol, el atardecer tiñe de colores vivos el blanco de sus muros en su parte más alta, cerca de los pájaros y del azul cada vez más oscuro del cielo.

            Empieza el piano, con notas graves y lentas. Y comienza así la magia. Vuelas por encima de los asistentes. Suena el violonchelo, con sus notas largas, sostenidas, y sigues ascendiendo, al ritmo de los instrumentos, uniéndote al vuelo de esos pájaros lejanos.

            Te bamboleas entre do y re de melancolía, mi y fa de esperanza, la y si de alegría. Y cuando llega el sol, te llena una energía especial. Aprovechas el impulso y, al fin, tocas el cielo con el alma.

 

Mónica Prádanos