Sin máscara

 


            De un manotazo, tiró todos los pintalabios, las sombras de ojos y los polvos de maquillaje. Quedaron en el suelo todas las mentiras, todas las fachadas utilizadas a lo largo de los años.

            Se restregó la esponja llena de jabón por las mejillas y los párpados, por la frente y la nariz respingona. Y se llevó la mugre de la vergüenza, de la comparación y del miedo al rechazo.

            Abrió los ojos, marrones como las castañas del otoño, y el espejo de su tocador le devolvió una sonrisa verdadera, una mirada segura, una piel imperfecta.

            Era consciente de lo poco que había faltado para perderla para siempre. Pero ahí estaba: la mujer más bella.

 

Mónica Prádanos