La pulsera mágica

 


Me han despertado las pesadillas. Qué raro, no tengo desde que me puse la pulsera mágica. ¿Habrá perdido sus poderes? Oh, oh… Es aún peor: ha desaparecido.

No está en los cajones del escritorio, ni entre los libros de la estantería, ni bajo la cama o entre los juguetes del baúl. Levanto la alfombra, incluso quito la manta y las sábanas. Mi madre va a chillar de una manera cuando vea este desastre… Saco las cosas del armario, rebusco en los bolsillos de todos mis abrigos, chaquetas y pantalones. También vuelco la mochila del colegio. Nada.

¡Pero dónde está! Si vuelvo a clase sin ella, cuando se rían de mí yo me convertiré en un caracol y me esconderé en mi concha. Tengo que encontrar la pulsera, sea como sea.

Mi padre dice que cuando uno busca algo, es útil hacer las cosas que hizo antes de perderlo. Bueno, a ver si funciona. Ayer llegué a casa, entré por la puerta principal.

—No, Manchas, no vamos a dar un paseo. Estoy en una misión de búsqueda muy importante.

Luego me quité los zapatos, los dejé en el armario del pasillo, como siempre, y mientras iba al baño oí gritar a papá que la comida estaría en un santiamén. ¿Cuántas veces dice esa palabra cada día?

Un santiamén es lo que tardo en ir al baño. Igual dejé ahí la pulsera para lavarme las manos. Con mucho cuidado para no hacer ruido, miro en los armarios, entre los tubos de papel higiénico terminados y debajo de la alfombrilla de la bañera. En el cesto de la ropa sucia no miro. Ni loca meto las narices donde hay calcetines de mi hermano mayor.

Tampoco está en el baño, vaya chasco. ¿Qué hice luego? Vino Manchas y estuve acariciándole hasta que nos pusimos a comer. Estuvimos solo papá, mamá y yo hasta que llegó mi hermano. Vaya cara traía. Dejó su mochila en el sofá y comió sin decir nada. Y cuando papá le preguntó si le pasaba algo, hizo eso que le gusta hacer tanto. Lo de levantar los hombros y mirar para otro lado. Vamos, que ocultaba algo, seguro, segurísimo.

¡Claro! Después de comer fui con él para averiguar qué le pasaba. ¡La pulsera estará en su habitación!

Esperaré a que se vaya al instituto para colarme allí y buscar. Él empieza las clases a las ocho, así que falta poco para que mamá y él se levanten. Mientras, ordenaré el lío que he montado en mi habitación.

Más tarde oigo los pasos de mi madre por el pasillo. Apago la luz rápidamente y me quedo muy quieta. Los pasos de mi hermano. Mi padre seguirá roncando hasta que le toque levantarse para llevarme a mí al cole. Ya está, se han ido.

Con mucho, mucho cuidado, abro la puerta de los dominios de mi hermano, como él dice. Que no chirríe, que no despierte a papá. La cierro. Bien, así, sin ruido. ¡Perfecto!

La habitación está a oscuras, parece una cueva. Hasta huele raro. Soy una exploradora en una montaña misteriosa. Creo que será más divertido si busco con una linterna. Salgo otra vez —cuidadín, ciudadín—, cojo mi linterna y vuelvo a entrar —puerta simpática, no me descubras—. ¡Ahora sí que estoy preparada!

Las estalagmitas de ropa y libros están por todas partes. Tengo que ir con cuidado o se me caerán en la cabeza. Unas criaturas extrañas me observan desde las paredes: seres monstruosos con guitarras, micrófonos y baterías. Hay un bulto deforme y peludo sobre la cama. Es el oso-manta, el terror de todos los exploradores de cuevas.

Ayer estuve saltando sobre el colchón, mi tesoro perdido tiene que estar por ahí. Pero el oso acecha y no tengo carne con la que distraerlo. Si hubiera traído a Manchas, él vencería al oso. Ya es demasiado tarde, la entrada a la cueva está cerrada y no podré salir sin ayuda del tesoro.

Me acerco muy despacio, con la linterna apuntando lejos del oso. Nada por aquí, nada por allá. ¡Oh, no! ¡El oso-manta se me ha echado encima! Pataleo pero cada vez me tapa más, ¡qué calor! Tengo que escapar de su abrazo, como de los de mamá cuando se pone demasiado cariñosa. Me arrastro y, de repente, desaparece la cama y me estampo contra el suelo. El oso me mira desde el borde del acantilado, muy quieto.

La linterna ha rodado debajo de la cama. Repto hacia ella, esquivando alguna que otra rata petrificada y, entonces, la veo. Ahí está la pulsera mágica. Me la pongo y me vuelvo más fuerte, rápida y valiente. ¡Ahora ningún oso-manta ni ninguna niña malvada podrán conmigo!

 

Mónica Prádanos

(publicado en la Antología Y al otro lado está el mar, de Escuela de Escritores)