La maldición de Eslianer


 

¡Preparad las armas y los botes! —gritó el capitán desde el timón—. ¡Nos acercamos al objetivo!

El Sangriento llevaba dos meses en alta mar, rumbo a la ciudad portuaria de Ysivon, guiado por el capitán Tuerto. Su verdadero nombre era Gerve, aunque nadie lo llamaba así desde el día en que perdió el ojo izquierdo. Entonces era un muchacho de dieciséis años. Ahora, con casi cincuenta y una gran cicatriz que no tapaba ningún parche, se disponía a dar el golpe definitivo.

El segundo de a bordo, un hombre con barriga prominente llamado Kolt, respiró hondo antes de subir a la plataforma donde se encontraba el timón.

Capitán —se aclaró la garganta—, este plan es estúpido. Prefiero bañarme en riquezas solo hasta el ombligo que llenar la barriga de un puto calamar. ¡Maldita sea, Ysivon es una tumba de corsarios!

Tuerto lo miró con el ceño fruncido y resopló, soltando varios esputos directos a la cara de su segundo.

¿Otra vez con esas? ¡Por la mar, Kolt! ¡El kraken es solo un cuento de cobardes y estúpidos! No quiero ni una cosa ni la otra en mi barco, ¿entendido?

Kolt replicó:

¡Qué importa si es un cuento! El hecho es que todo aquel que buscaba el collar ha sucumbido. ¿Eso es lo que quieres para nosotros? —Sin dejar de mirar a su capitán, señaló a los piratas, que cargaban mosquetes y pistolas, ceñían espadas a sus cintos y preparaban las cuerdas de los botes para lanzarlos al mar—. Vamos en busca de la muerte, Tuerto.

El capitán miró a la tripulación con su único ojo.

Pues no parecen muy asustados, ¿no crees? Después de todo, parece que el único que cloquea aquí eres tú. —Se rio y lo miró con gesto airado—. ¿Has visto alguna vez a ese maldito calamar gigante? —Kolt negó con la cabeza e intentó hablar, pero el capitán no se lo permitió—. Pues te diré algo: lo que yo sí he visto es esa joya. Lástima que entonces solo fuera un crío con una miserable navaja.

¿Y si la historia de que convierte cualquier metal en oro es un mito también? —propuso el otro hombre—. De ser cierto, esa ciudad debería ser inmensamente rica. Y no se oye nada sobre petulantes niños ricos de Ysivon.

Tuerto se encogió de hombros.

Será que no les gusta el oro —resolvió y, dando por finalizada la conversación, ordenó a sus hombres—: ¡Preparad los cañones! ¡Trinet, Cobal, os quedaréis en el barco junto a vuestros subordinados! —Miró a Kolt y bufó—. ¿A qué esperas? ¡Asegúrate de que todo esté listo!

Kolt suspiró con resignación y bajó al primer nivel donde los marineros cargaban y amarraban los cañones y abrían las escotillas de madera. En ese momento, el vigía anunció que avistaba tierra. Al oírlo, tragó saliva, con el temor de ver en cualquier momento largos tentáculos ascendiendo desde el mar.

El capitán sonrió para sí, imaginando su bodega llena de oro.

Un viento favorable empezó a soplar. Tuerto pensó que aquello era un buen presagio y ordenó arriar las velas. El Sangriento se abría paso entre las ondulaciones del mar con gran velocidad. La madera y las velas negras resaltaban en el día claro. La proa ostentaba con orgullo la figura de un pirata con la espada en alto sobre un amasijo de cabezas y cuerpos mutilados. En los laterales del casco asomaban ya tres filas de cañones dispuestos para la carga.

El capitán, firme ante el timón, veía acercarse su objetivo con el corazón descontrolado. Palpó la empuñadura de su espada. Nadie le impediría obtener su botín.

Gritos procedentes de la cofa le hicieron despertar de sus ensoñaciones.

¡Capitán! ¡El tiempo ha cambiado! ¡La bruma nos rodea!

Varios piratas corrieron hacia la barandilla. Tuerto miró al mar cercano. Las ondulaciones se desdibujaban entre la blancura, que se hacía más espesa según la contemplaba. Algunos hombres comenzaron a gritar con desconcierto.

¡Parece que sube desde el mar!

¡Cada vez está más alta!

¡Silencio! —rugió Tuerto, acallándolos de inmediato. Indicó a uno de ellos que ocupara su puesto al timón y se asomó por la borda. La densa niebla llegaba ya a la altura del suelo. Ascendió y se introdujo en el barco, rápida e imparable, mientras el capitán pensaba qué hacer ante aquel inesperado obstáculo. Los piratas se agolpaban en torno a él, a la espera de órdenes.

¡Sacad los remos y salgamos de aquí! —fue la respuesta a la muda pregunta de la tripulación. De inmediato, varios hombres obedecieron. En cuanto bajaron las escaleras y la bruma les llegó a los ojos, apenas podían ver a tres palmos de sí. Como pudieron, guiándose por el tacto, llegaron a los remos y, en medio de la blancura, remaron. La escotilla de acceso se cerró con un golpe seco sin que nadie le prestara atención.

En la cubierta principal, la bruma había tapado al capitán por completo. El vigía era el único que aún podía ver.

¡Figgerad! —llamó Tuerto—. ¿Hasta dónde llega esta bruma infernal?

El vigía miró a través de su catalejo.

¡No veo la tierra, capitán! ¡Ni siquiera veo la línea del horizonte! ¡Esta niebla parece cubrirlo todo!

Las velas pararon en seco cuando la bruma se las tragó. El vigía quedó envuelto en la blancura espesa. Tuerto, exasperado por aquel giro de la situación que retrasaría su plan, bufó y caminó por la cubierta tratando de volver al timón. De vez en cuando, chocaba contra sus marineros, quienes murmuraban una disculpa y se apartaban. Una de esas veces chocó contra Kolt; pero este no se apartó, sino que encaró al capitán.

¿Ves como era una locura? ¡Esto nos matará a todos! —chilló, histérico. El capitán Tuerto le dio un manotazo en la cara.

¡Idiota! ¡Solo es bruma! Ya se despejará. —Lo apartó de un empellón y siguió su camino.

¡No es normal, Tuerto! ¡Esta bruma no es normal! ¡Es obra de sirenas!

¡Ahora son sirenas! —se rio el capitán, levantando el mentón y sin saber realmente hacia dónde debía dirigir su voz—. Aclárate, Kolt. ¿Kraken o sirenas? ¿A qué cuento quieres hacer caso ahora? ¡Por las ratas de la bodega! ¡Deja de decir estupideces!

A pesar del ánimo de su capitán, la tripulación empezaba a flaquear. Tuerto, ya con la mano en la madera del timón, podía oír los murmullos asustados, e incluso algunas plegarias. Sacudió la cabeza. Entonces, un temblor del barco acalló todas las voces.

¿Qué ha sido eso? —preguntó alguien.

Quizá el kraken realmente esté acechándonos y sea el fin —le respondió otro pirata, e inmediatamente se puso a pedir clemencia a un dios en el que no había creído nunca.

Unos metros debajo de ellos, la madera del casco se había resquebrajado y permitía que el agua entrara a presión. Los remeros corrieron tratando de salvarse en cuanto el mar caló sus botas. En medio de la blancura y el terror, se golpeaban unos contra otros y, desorientados, tanteaban a su alrededor en busca de la escalera. Los pocos que llegaron a ella descubrieron aterrados que solo quedaban dos escalones. El resto de la escalera parecía haberse esfumado en la bruma. A estribor, la madera cedió y el agua entró con más fuerza. Los que sabían nadar trataron de seguir a flote para llegar a la escotilla y escapar por ella, pero no llegaron a palpar ninguna salida antes de que la mar que adoraban los dejara sin aire en los pulmones.

En cubierta, un chasquido cercano alertó a los piratas que estaban cerca del palo mayor. A ese le siguió otro chasquido; después otro más. Oyeron el grito del vigía, y, con un golpe tremendo que hizo temblar todo el barco, el mástil se derrumbó, y aplastó a varios hombres, que murieron en el acto. El terror se apoderó de los que quedaban con vida.

¡La bruma está maldita! —gritó uno, y los demás le corearon—: ¡Está maldita!

El capitán no sabía qué hacer. Nunca se había enfrentado a un enemigo al que no pudiera atravesar con su espada. Ni siquiera el oleaje era tan esquivo como aquella bruma que carcomía su barco. Solo se le ocurrió una solución:

¡A los botes!

A tientas, los piratas y su capitán fueron hacia los bateles. Donde deberían haber palpado madera firme y lisa, solo quedaba polvo. Con rabia, Tuerto agarró un puñado del serrín y lo estampó contra el suelo.

¡Maldita bruma! —gruñó mientras lanzaba puñados de polvo de madera al aire—. ¡Se está cargando mi barco! ¡Será posible! ¡Ni los cañones, ni el puñetero kraken! ¡Tenía que ser una vulgar niebla del demonio!

Una risa femenina viajó a través de la bruma y los hombres del barco sintieron que un escalofrío les recorría la espalda.

Hombres codiciosos quieren robar mi collar —recitó con voz cantarina y burlona la misteriosa mujer— para de oro sus bolsillos llenar.

¿Quién eres? ¡Muéstrate! —exigió el capitán.

Ante él, la bruma tomó la forma de una mujer esbelta, con un vestido de corsé y falda larga que resaltaba su cintura delgada. Una melena de neblina enmarcaba un rostro ovalado, de ojos grandes y labios carnosos. El cuello despejado lucía un collar, hecho de la propia bruma como el resto de la figura, de piedras preciosas engarzadas entre finos hilos. Tuerto lo miró. Era exacto al que había visto en Ysivon. Su único ojo se abrió al máximo y su mano derecha voló hacia el collar en el tiempo que dura un parpadeo. Pero sus dedos agarraron el vacío. La joya se desdibujó por un instante y después recuperó su forma. El puño cerrado de Tuerto estaba dentro del cuello de la mujer. Sintió un dolor agudo en los dedos que le hizo gritar con todas sus fuerzas. Le ardían. Se sujetó la muñeca con la otra mano, y vio que su piel estaba desapareciendo, se deshacía en jirones de pellejo quemado, como si el cuello de bruma fuera ácido.

Al mismo tiempo, la niebla lamió el cuerpo de los piratas y estos sintieron que los músculos de piernas y brazos se les paralizaban.

La dama sonrió con malicia y se acercó al capitán. Los dedos de bruma acariciaron a Tuerto, como una amante lujuriosa en busca de placer, y allí donde rozaban la piel, esta se desintegraba hasta llegar al hueso. El capitán sintió náuseas por el olor a podredumbre que invadía el ambiente. No podía moverse, y tampoco podía dejar de aullar de dolor. Entre sus propios gritos escuchó los de su tripulación, y supo que estaban corriendo la misma suerte que él. La mujer rozaba su cuello, y su rostro de sonrisa malvada quedaba muy cerca del ojo de Tuerto. Este reprimió sus gritos un instante.

¿Quién… eres? —logró musitar.

Los labios de ella recitaron, con voz burlona y colérica:

Soy Eslianer, la dama del collar. Y quienes quieran robarme… —La mano hecha de jirones de bruma se introdujo en el pecho del capitán, y los aullidos de este aumentaron de tono mientras sentía que los dedos mortales de la mujer le acariciaban el corazón—. Morirán.

La dama permaneció observando, con una sonrisa maliciosa, como sus víctimas caían al suelo y las devoraba la bruma. El hueso se veía donde la carne se había fundido; la sangre brotaba allí donde debía estar el corazón. Piel, hueso y vísceras rezumaban un instante y desaparecían. Unos minutos más tarde, los cuerpos y la madera del barco se habían reducido a la nada. Eslianer acarició el collar antes de que su figura se desdibujase en la bruma. Y esta desapareció tan repentinamente como había llegado.

El mar estaba en calma y soplaba una ligera brisa. A lo lejos, se divisaba tierra.

 

Mónica Prádanos

(Publicado en la Antología La Bruma, publicado por Editorial Fantasía)