Sentirse vivo



   Tras la primera zancada, parece que algo empuja desde atrás, dando alas a los pies. Apenas tocan el suelo, aunque él siempre está ahí, seguro y firme, para ayudar en el impulso, para frenar la caída. Las ráfagas de viento frenan la carrera, pero también aportan el oxígeno que los pulmones reclaman con ansia.
   Brazos y piernas se mueven en contraria armonía, el pecho se ensancha, el sudor resbala por la piel, el cansancio se adueña del músculo. Y, desde la punta de los dedos, recorre ese escalofrío el cuerpo, ese dulce estremecimiento del avance.
   El final se acerca, una línea estrecha apenas visible en la distancia. Un relámpago cruza el estómago, un latigazo de energía. Está fatigado, pero esa visión lo anima a hacer el último esfuerzo. Y, cuando alcanza la meta… entonces la vida lo inunda.

   El anciano sonríe mientras del ojo arrugado cae una lágrima. Su nieto se acerca con la respiración aún agitada y el sudor jugando en su piel tersa. El abuelo mueve las ruedas para acortar la distancia que los separa y entonces el muchacho le cuenta, aunque el anciano sabe. Él también sintió la vida corriendo en su interior.

Mónica Prádanos

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