Solo entonces




   «¿Por qué sigues guardando ese trasto?», le decía su hermana menor. «Podrías sacar un dinero si la vendes; ahora está de moda lo vintage», le aconsejaba un amigo. «Solo sirve para ocupar sitio y acumular polvo», esa era su mujer.

   No lograban entender que en los peores días, y también en las peores noches, la mecedora era lo único que lo liberaba. De incertidumbre, de soledad. Cuando la empujaba suavemente, se movía de adelante atrás, de atrás adelante. Los crujidos leves parecían fortalecerse entre las paredes del sucio desván.

   Él se sentaba en el suelo, atento al vaivén, con las piernas cruzadas como solía hacer años atrás, cuando era un niño feliz y despreocupado.

   Y era entonces, solo entonces, cuando volvía a escuchar las historias de su abuelo.

Mónica Prádanos

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