Romper las cadenas



   Las cadenas más fuertes son invisibles. Son esas que nos atan a la misma forma de vivir, de pensar, de mirar, que tiene el resto del mundo. Esas que nos cierran la boca cuando queremos decir algo que va a sonar extraño o absurdo, o demasiado ingenuo, o demasiado tonto. O diferente, nada más. Son las que nos detienen antes de saltar a por un sueño o antes de iniciar la escalada de una montaña cuya cima somos los únicos que creemos que merece la pena alcanzar.
   Esas cadenas se llaman vergüenza, miedo, conformismo, inseguridad. Su corrosión empieza cuando nos damos cuenta de una sencilla verdad: solo tenemos una vida, un viaje, no hay segundas oportunidades. Luego, esas cadenas ya enrojecidas por el óxido solo necesitan un último golpe de gracia, una segunda verdad, tanto o más simple que la primera: la única forma de vivir nuestra vida con plenitud, el único modo de que dicha vida merezca la pena es vivirla siendo quienes realmente somos.
   Podemos ser una pobre sombra de nosotros mismos o podemos vivir sin esas cadenas que nos empobrecen. Es nuestra decisión permitir desarrollarse a nuestro verdadero yo, ese que se expande, mejora, vuela, sueña. Ese que siente a fondo, ama sin miedo, sufre sin lástima. Ese que no teme al cambio ni se acobarda ante los problemas. Porque se sabe capaz de enfrentarse a la vida y, sobre todo, porque sabe que la vida incluye todo eso y que está vivo para vivirla con pasión.

Mónica Prádanos

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