La verdad revelada


            El niño salió de puntillas de su cuarto, se escondió en el hueco entre el sofá y el mueble. Parpadeaba con fuerza para evitar dormirse, mientras las manos estaban preparadas para apretar el botón de su vieja cámara de fotos.

            Esa noche lo lograría. Demostraría a todos la existencia de los Reyes Magos.

            Cuando vio el pantalón remendado de su padre y la extrema delgadez de las piernas de su madre asomando bajo el camisón apartó la cámara, decepcionado.

            Sus padres se agacharon y empezaron a colocar los paquetes. Los Reyes Magos no tenían ojeras, pensó el niño, ni llevaban ropa tan gastada y vieja.

            —Verás la cara que pone cuando lo vea —susurró la madre.

            —Ya me la estoy imaginando —respondió el padre.

            Entonces, el niño alzó la cámara y apretó el botón.

            Aquellas sonrisas solo podían pertenecer a los verdaderos Reyes Magos.



Mónica Prádanos

2 comentarios:

  1. Es un cuento para una noche invernal. Y me gusta como al final destaca el valor a las personas y a lo humano, por delante de los objetos, algo que muchas veces no ocurre, y como nos enseña a valorar a esas personas que tanto nos quieren.

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    1. Muchas gracias, me alegra que te gustara el cuento. Lo que dices es justamente lo que quería transmitir. También lo que se esconde a veces tras los Reyes Magos: unos padres que se quitan a ellos para dar a sus hijos ese capricho.

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