Si llegas, nunca te irás




            Bajas del tren, sin maletas. No hay estación, tan sólo un banco de madera y un cartel de metal que reza: “Municipio Locusextrañus”.

            Dejas atrás el cartel y con cada paso sientes que te vuelves más ligero, como si un saco que ni siquiera sabes que llevas se hubiera pinchado y del agujero saliera un hilo de arena fina y suave pero capaz de ahogar si se juntan suficientes granos.

            Sientes un cosquilleo en el tobillo y, al mirarte los pies, descubres que el camino está repleto de piedras, pero estas son de colores y blandas. Coges una y te llega un aroma dulce. Sin saber por qué, te la metes en la boca y compruebas que está deliciosa. Sigues adelante, comiendo esas golosinas de vez en cuando.

            De pronto, algo cubre la luz del sol. Miras a lo alto, esperando ver un águila pero, en su lugar, ves una bandada de ovejas lanudas que hacen piruetas en el aire. Te quedas mirándolas hasta que se posan en un extraño árbol cuyas hojas cambian del verde al naranja, del naranja al amarillo, del amarillo al rojo y vuelta a empezar, al ritmo de una melodía que no alcanzas a escuchar.

            Continúas tu andar hasta el primer pueblo, y a sus puertas te detienes. Las casas se asientan en los tejados picudos, y los habitantes vuelan para alcanzar las puertas. Por doquier unos tocan violines, otros hacen un baile de disfraces; más allá, un grupo representa una obra cómica y, al otro lado, alguien cuenta una historia.

            Te das cuenta de que aquel misterioso saco de arena está vacío por completo. Das un paso y, entonces, tu cuerpo se eleva del suelo, tu sonrisa se vuelve más amplia y hasta tus ojos ríen.

Mónica Prádanos


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