Tristezas




            Yo las veo. Ellas lo saben y no se me acercan. Las he llamado Tristezas, pues cada vez que pinchan a alguien, lo que sucede me pone triste.
            Hace un tiempo que llegaron al pueblo, con su sonrisa malvada y unos dedos que parecen pinchos de compás. Están por todas partes: cerca del panadero, de la profesora, del carnicero, de mis padres y hasta de mis amigos del parque.
            Cuando les advertí de ellas a mis padres, me dijeron que “no se dicen mentiras”. Pero yo sé que no es mentira.
            Desde que llegaron, en el pueblo hay menos sonrisas y más ceños fruncidos, menos palabras bonitas y más insultos, menos juegos y más tarea, más peleas, más gritos, más miedo, menos risas.
            Ayer había tantas en el parque que me asusté de verdad. Para pasar menos miedo, me puse a cantar. Hacía mucho que no se cantaba en el pueblo. Entonces algunas me miraron, me asusté más y canté aún más alto. Debí de desafinar mucho, porque se fueron todas.
            Así que esta mañana cogí mi antiguo juguete para cantar. Tiene un micrófono, y cuando lo usaba en casa me oían hasta los vecinos.
            Vine a la plaza del pueblo y me subí a uno de los bancos. Me quedé sin saber qué hacer, sin saber si seguir con mi plan, más bien.
            Sigo paralizada hasta que una de ellas hace llorar a un bebé. Aprieto el puño y, después, el botón de encendido. Giro la ruleta para ponerlo a tope de volumen. Y canto. Más y más alto. Las Tristezas de la plaza se van. Algunos niños se unen a mi canción; luego vienen adultos, y después más niños, y más adultos después. Se unen voces y más voces a mi canción hasta que todo el pueblo está reunido en la plaza, cantando como uno solo. Nuestras voces retumban incluso más allá de la última casa.
            Las Tristezas huyen, con la sonrisa desaparecida y los pinchos lacios.


Mónica Prádanos

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